En el campo no hay discursos, hay consecuencias. Y esta vez huelen a muerte.
Campesinos de la zona rural de Las Choapas realizaron el pasado sábado un recorrido para constatar lo que desde hace días vienen denunciando: los arroyos están enfermos… y nadie quiere admitirlo.
El llamado “arroyo grande” ya no es fuente de vida, sino de agonía. Peces flotando muertos, agua turbia y un olor que no deja lugar a dudas: algo grave está pasando. Lo mismo comienza a sentirse en el río Pedregal, ese que marca la frontera entre Tabasco y Veracruz, y que hoy carga más sospechas que corriente.
Mientras tanto, los ganaderos ya están pagando la factura. El ganado bebe de esas aguas contaminadas y comienza a morir. Las pérdidas no son cifras frías: son años de trabajo que se van con cada res que cae. Y las siembras, que dependen del mismo arroyo, están en riesgo de convertirse en tierra estéril.
¿Y del otro lado? Silencio maquillado de control.
Desde el discurso oficial, la gobernadora Rocío Nahle repite la línea: todo está bajo control. La empresa Pemex insiste en lo mismo: no pasa nada.
Nada… mientras el agua mata.
Nada… mientras el campo se pierde.
Nada… mientras la gente ve morir lo único que tiene.
La pregunta no es si hay contaminación. La pregunta es cuánto más están dispuestos a negar antes de que sea imposible ocultarlo.
Porque en Las Choapas, lo único que fluye con claridad… es la evidencia.




















