La Cuarta Transformación vendió el Tren Maya como la joya del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, pero hoy la realidad les explota en la cara. Qué casualidad: después de desmontar selva, perforar cavernas, afectar ríos subterráneos y destruir ecosistemas en la Riviera Maya, ahora sí aparece la justicia para frenar el desastre ambiental del famoso tramo 5.
Primero arrasaron, luego inauguraron a toda prisa y ahora salen con que habrá “vigilancia ambiental estricta”. ¿De qué sirve poner candados cuando el daño ya está hecho? La llamada Cuarta Transformación convirtió un proyecto turístico y político en un símbolo de improvisación, opacidad y devastación ecológica.
Mientras el gobierno presumía vagones y ceremonias, ambientalistas, científicos y habitantes denunciaban desde hace años el riesgo para la selva y el sistema de cuevas y ríos subterráneos más importante del país. Pero desde Palacio Nacional los tacharon de enemigos, conservadores y adversarios.
Hoy la justicia les pone un alto. Y la pregunta sigue viva: ¿quién va a responder por los daños? Porque no basta con suspensiones judiciales ni discursos patrioteros. Si hubo destrucción ambiental, omisiones y violaciones a la ley, debería haber responsables administrativos y hasta penales.
El Tren Maya pasó de ser la obra estrella de la transformación a convertirse en el monumento más caro a la terquedad política.



















