Gabriel García-Márquez
Cuando éramos niños esperábamos ilusionados la Nochebuena, redactábamos una ingenua carta a Santa Claus con una enorme lista de “Quiero que me traigas”.
Pasábamos contando los días con un aparato que llamamos “Ya sólo faltan” y cada mañana nos asomábamos a ver cuántos días faltaban para Navidad, pero a medida que se acercaba el día las horas se nos hacían eternas y pasaban llenas de advertencias de “si no te portas bien”.
Gozábamos las posadas, visitábamos a la familia, íbamos de compras y llenábamos de foquitos nuestro pino, hasta que por fin llegaba la anhelada Nochebuena.
La casa se llenaba de alegría y con la mágica aparición de Santa Claus las ilusiones se volvían realidad y por un momento olvidábamos el verdadero significado de la Navidad.
Hoy nuevamente llega la Nochebuena y la historia se repite con los hijos, que pasan los días redactando borradores de tiernas cartas a Santa Claus; y con una imaginación sin límites piden y piden y piden: juguetes, pelotas, muñecas o “lo que me quieras traer”.
Y Santa Claus comienza a padecer eternas noches de insomnio, pensando en cómo cumplirles, en cómo no fallarles, en cómo no quitarles la ilusión, que en esto no hay excusas e intenta detener el tiempo, pues como siempre el año ya le ganó y pasa las noches leyendo las cartas de los pequeños repletas de ilusiones, a veces de imposibles y de “quiero que me traigas”.
Y mientras a los niños la Navidad los llena de ilusión, a los adultos nos llena de esperanzas y nos permite convivir con la familia; regalándonos unos a otros cariño y buenos deseos, brindando por nuestros éxitos, apoyándonos en nuestras derrotas;
tratando de entendernos, porque la mejor forma de festejar el Nacimiento del Niño Jesús es llamando al que está lejos, olvidando rencores tontos y resentimientos necios; amando y perdonando y con un abrazo sincero deseándonos ¡Feliz Navidad!


















