EMPANADA ENVENENADA: amor burocrático con cargo al erarioEn los pasillos donde debería respirarse fiscalización, control y disciplina administrativa, lo que se percibe es otra cosa: perfume caro, risitas cómplices y agendas que curiosamente se “liberan” cada fin de semana. Porque mientras el Congreso del Estado y la Contraloría deberían estar vigilando el uso correcto del poder, hay quienes parecen más ocupados en cultivar un romance de alto nivel… pero de bajo rendimiento institucional.Dicen los que ven y callan (pero ya no tanto) que hay una dupla de funcionarios de primer nivel que no se despega ni con auditoría encima. Se les ve más coordinados en escapadas que en informes, más alineados en miradas que en resultados. Tórtolos modernos de la burocracia: símbolo universal de amor eterno… o al menos mientras dure el cargo, el presupuesto y la protección política.El itinerario es casi oficial: fines de semana en Los Tuxtlas, parada obligada en Roca Partida, descanso en “Casa de las Olas” y, para cerrar, regreso espiritual (y estratégico) a Xalapa. Todo muy “necesario” para desestresarse… aunque el estrés real lo cargue la ciudadanía que espera resultados que nunca llegan.Para más señas —porque aquí nadie da puntada sin hilo—, ella porta dos anillos: uno en el índice derecho y otro en el izquierdo. No es casualidad, dicen algunos; es símbolo, mensaje, declaración silenciosa de un vínculo que no cabe en los organigramas pero sí en las escapadas. Y por si faltara algo, el vestuario tampoco pasa desapercibido: rojo intenso, color del amor… o de la advertencia.Él, por su parte, mantiene su propio “tema”, ese que ya todos conocen, entre romanticismo ideológico y pose revolucionaria, como si amar al “subcomandante” fuera parte del currículum emocional que lo respalda. Mucho discurso, poca acción… pero eso sí, mucha compañía.Y mientras tanto, las oficinas siguen igual: expedientes empolvados, observaciones sin resolver, y una Contraloría que parece más espectadora que vigilante. Porque cuando el corazón manda, al parecer el deber estorba.Y en el fondo del tablero, la ironía mayor: mientras la gobernadora Rocío Nahle deposita su confianza en estos perfiles para remontar encuestas que la traen cuesta abajo y contener temas que ya se le salieron de control, ellos parecen más enfocados en disfrutar el romance que en resolver la crisis. Prioridades, pues.La pregunta no es si hay romance —eso ya ni se oculta—, sino cuánto le está costando a la función pública este idilio de fin de semana. Porque el problema no es que se amen… el problema es que no trabajen.


















